Reflexiones

El arte de ir despacio

Mar en calma al atardecer en la playa de las catedrales.
Un instante de quietud frente al mar

🌙Reflexiones. El arte de ir despacio.🌙

Aquí dejo escrito lo que me acompaña, lo que descubro,
reflexiones que la vida me susurra cuando voy despacio.

Un espacio para escuchar al cuerpo,
a la emoción,
y a esa parte de mí que habla bajito.

Bienvenida/o a mis reflexiones. El arte de ir despacio.

Cielo azul con nubes blancas y grises sobre el horizonte, transmitiendo calma y amplitud.

Reflexiones. Cuando confundimos pensamientos con identidad

Muchas veces creemos que somos nuestros pensamientos.
Los damos por ciertos sin detenernos a mirarlos.
Y desde ahí tomamos decisiones, sentimos, actuamos y construimos nuestra vida.

Pero no todos los pensamientos son propios.

Hay pensamientos heredados, aprendidos, absorbidos sin darnos cuenta.
Ideas que vienen de la familia, de la cultura, de la educación, del miedo colectivo.
Pensamientos repetidos tantas veces que acabamos confundiéndolos con nuestra voz interior.

Otros aparecen simplemente porque sí.
Porque la mente piensa.
Porque está entrenada para hacerlo.

Y, sin embargo, rara vez nos preguntamos algo esencial:
¿Este pensamiento es mío?
¿Me pertenece de verdad?
¿Nace de lo que siento… o de lo que aprendí a creer?

Cuando no cuestionamos lo que pensamos, vivimos desde ideas que no hemos elegido.
Y poco a poco, sin darnos cuenta, empezamos a vivir vidas que tampoco hemos elegido.

Creemos que decidimos libremente, pero muchas veces solo estamos obedeciendo un guion antiguo.
Reaccionando desde automatismos.
Repitiendo patrones que no se han revisado.

Cuestionar un pensamiento no es luchar contra él.
Es mirarlo con honestidad.
Ver de dónde viene, qué lo sostiene y a quién sirve.

Hay pensamientos que, al observarlos, se desinflan.
Otros que revelan un miedo.
Otros que no encajan con lo que somos hoy, aunque hayan sido útiles en otro momento.

Ese gesto —el de cuestionar— no nos vuelve más inseguros.
Nos vuelve más libres.

Porque cuando dejamos de identificarnos ciegamente con lo que pensamos, aparece algo nuevo:
la posibilidad de elegir cómo vivir, cómo sentir y desde dónde relacionarnos con el mundo.

Quizá conocerse no sea acumular respuestas,
sino aprender a hacerse las preguntas adecuadas.

Y entre ellas, una fundamental:
¿Este pensamiento me pertenece… o solo me habita?

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Camino de montaña que avanza entre rocas, simbolizando el límite y la profundidad en los vínculos emocionales.

Reflexiones. Cuando no hay madurez emocional.

 

Cuando no sabemos escucharnos ni hacernos cargo de nuestras propias emociones, la experiencia se queda en la superficie.
Más abajo, no puede.

La atención entonces se desplaza hacia fuera:
a lo que el otro hace o deja de hacer,
a lo que debería cambiar,
a lo que provoca.

En ese movimiento, muchas veces aparece el control.
No como una estrategia consciente,
sino como una forma torpe de gestionar lo que no se sabe sostener dentro.

En lugar de profundizar, se señala.
En lugar de mirarse, se exige.
En lugar de hacerse cargo, se culpa.

Así, el vínculo deja de ser un espacio de encuentro
y se convierte en un escenario donde se intenta regular al otro
para no tener que atravesar lo propio.

Algunos vínculos no se rompen.
Simplemente no pueden profundizar más.

No porque no exista deseo de conexión,
sino porque no siempre hay capacidad para sostener lo que se siente.

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Mujer junto a una ventana, apartando ligeramente una cortina, en un gesto de introspección y presencia

Hay un momento —casi siempre silencioso—
en el que la máscara deja de sentirse como algo que se pone
y empieza a vivirse como algo que se es.

Reflexiones. El arte de ir despacio.

Cuando la máscara pasa a ser identidad

Hay un momento —casi siempre silencioso—
en el que la máscara deja de sentirse como algo que se pone
y empieza a vivirse como algo que se es.

Al principio, la máscara protege.
Ayuda a encajar, a no desentonar, a recibir aprobación.
Es una respuesta inteligente a un entorno que, de algún modo,
no supo sostener lo que era frágil, sensible o auténtico.

Pero con el tiempo, algo cambia.

La máscara se repite,
se refuerza con miradas externas,
se valida con aplausos, con “me gusta”, con reconocimiento.
Y sin darnos cuenta, la mente la integra como identidad.

Ya no se actúa.
Se es el personaje.

Entonces ocurre algo curioso:
el cansancio no siempre se siente como tal.
Lo que aparece es una inquietud difusa,
una necesidad constante de confirmación,
un ruido interno que solo se calma cuando alguien mira desde fuera.

Porque cuando la identidad depende del reflejo externo,
el silencio empieza a incomodar.

A veces, en la soledad,
en un momento de quietud no buscada,
asoma una sensación difícil de nombrar:
vacío, desconexión, tristeza sin causa aparente.

No dura mucho.
La mente suele taparlo rápido.
Volver a la máscara parece más seguro
que quedarse a escuchar lo que tiembla debajo.

Y sin embargo, hay un punto —también silencioso—
en el que sostener la máscara cansa.
No de golpe, sino por desgaste.

Cansa no poder descansar siendo.
Cansa tener que mostrarse para existir.
Cansa vivir hacia fuera.

Cuando alguien empieza a ver esto,
no es porque sea mejor,
sino porque ya no puede seguir sosteniendo lo que no es.

Ahí comienza otro movimiento.
Más lento.
Más honesto.
Menos visible.

No se trata de quitar todas las máscaras de golpe,
sino de reconocer cuándo ya no protegen
y empiezan a alejarnos de nosotros mismos.

Tal vez la verdadera libertad
no esté en mostrarse sin máscaras,
sino en no necesitarlas para sentirse real.

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Tronco de castaño con raices visibles en el bosque

🌙Reflexiones. Lo que aportamos

A veces repetimos eso de “si no me aportas, te aparto”.
Suena firme, suena claro… pero ¿y nosotros?

También somos parte del vínculo.
También llevamos nuestra energía, nuestras sombras, nuestra luz.
No podemos pedir que todo nos nutra
si no miramos qué estamos ofreciendo nosotros.

Quizá la verdadera fuerza no está en apartar,
sino en aprender a aportar.
A cuidarnos sin cerrarnos.
A poner límites sin dejar de mirar hacia dentro.

Porque las relaciones no se sostienen solo por lo que recibimos,
sino por lo que somos capaces de dar,
con presencia, con honestidad, con calma.

Reflexiones. El arte de ir despacio.

ℒ𝒶𝓁𝓎 𝒱𝒱

Reflexiones entre las raíces del castaño milenario, una mirada hacia dentro.
A veces, comprender es mirar las raices.

🌿 Reflexiones. ¿De dónde vienen los pensamientos?

A veces damos por hecho que pensamos de manera libre, que nuestras ideas nacen de nosotros mismos, sin más.
Y, sin embargo, cuando miramos un poco más profundo, descubrimos que muchos de nuestros pensamientos están condicionados por nuestras creencias.

Creencias que se fueron formando con la educación, con las experiencias vividas, con las palabras que escuchamos de niños, con el entorno que nos rodeó.
Algunas de esas creencias nos sostienen, nos dan fuerza, nos abren caminos.
Otras, sin que nos demos cuenta, nos limitan, nos encogen, nos frenan.

Pensamos como creemos.
Y creemos, muchas veces, sin habernos detenido nunca a observarlo.

Quizá el primer gesto de libertad no sea cambiar lo que pensamos,
sino empezar a mirar nuestros pensamientos con más conciencia.
Preguntarnos de dónde vienen.
Y decidir, poco a poco, cuáles queremos seguir habitando.

ℒ𝒶𝓁𝓎 𝒱𝒱

 

Puente sobre el rio Sella en Vangas de Onís
Cada puente guarda un camino

🌿Reflexiones. Cuando el cuerpo marca la dirección

A veces la mente se activa con impulso,
con ganas de hacer, de movernos,
de repetir rutinas que antes nos llenaban
y que seguimos haciendo casi en piloto automático.

Surge la idea de “volver a lo de siempre”,
de ocuparnos, de llenarnos de planes,
como si el movimiento fuese siempre sinónimo de vida.

Y justo ahí,
el cuerpo dice otra cosa.

No es un freno.
No es miedo.

Es dirección.

Entonces entiendo que no es pereza,
ni desgana,
ni falta de energía.

Es presencia.
Es escucha.

Es el cuerpo susurrando con suavidad:
“Hoy, eso ya no es para ti. Hay otro ritmo que te espera.”

Y lo bello es que, cuando lo escucho, no me apago.
Al contrario…
me enciendo desde un lugar más verdadero.

Hoy elijo ir donde sí hay verdad para mí.

Aunque ese camino sea más lento,
aunque no esté lleno de estímulos,
aunque no haga ruido…

está lleno de vida.

🌉 Este puente me acompaña hoy:
un paso cada vez,
sin prisa,
cruzando desde lo que fui
hacia lo que empieza a nacer.

Reflexiones. El arte de ir despacio.

ℒ𝒶𝓁𝓎 𝒱𝒱

Cima de la montaña de Bulnes, símbolo de un camino interior recorrido

Reflexiones. Experiencias que dejan huella

Reflexiones. El arte de ir despacio. Reiki desde la experiencia

Hubo un tiempo en el que el Reiki formó parte de mi vida de una manera muy profunda.
No como técnica, ni como método que aplicar, sino como una experiencia directa de contacto con la energía y con el cuerpo.

A través del Reiki aprendí a sentir mi propia energía, a reconocerla y, en cierto modo, a dirigirla.
A darme cuenta de cómo se movía en mí, de cómo atravesaba el cuerpo y de cómo se manifestaba en forma de emoción.

Recuerdo con claridad ese periodo como un aprendizaje intenso sobre el mundo emocional.
Habitar una tristeza profunda y, casi sin transición, sentir aparecer una alegría expansiva.
No como negación de lo anterior, sino como parte del mismo flujo.

Aquello me enseñó algo esencial: que las emociones también son energía en movimiento.
Que pueden sentirse, atravesarse, escucharse… sin necesidad de quedarse atrapada en ellas.

El Reiki me acercó a una comprensión más amable de mí misma.
A una forma de presencia donde la intención, el cuidado y el amor no eran conceptos, sino experiencias vividas en el cuerpo.

También me mostró algo muy simple y muy poderoso:
que tenemos la capacidad de cuidarnos, de aliviarnos, de acompañarnos internamente cuando aprendemos a estar presentes.

Hoy no practico Reiki como entonces.
Pero lo que quedó —esa escucha del cuerpo, esa sensibilidad hacia la energía, esa relación más consciente con las emociones— sigue formando parte de mí.

No como una práctica que repito, sino como una base silenciosa sobre la que se ha ido construyendo todo lo demás.